Puerto Pirámides, Octubre 2005
Totalmente despejado, pleno sol. Así era el día elegido para ir hasta Puerto Pirámides y disfrutar una vez más del encuentro con el mar y sus habitantes más imponentes. Casi no hay viento, una excepción en Patagonia, todo contribuye a que uno se relaje y empiece a vivir en consonancia con lo que lo rodea.
A medida que recorremos los 100 km que separan Puerto Madryn de Puerto Pirámides, nos impacta el fuerte contraste entre la estepa amarilla, sedienta, y el mar azul que la rodea. Finalmente, detrás de la última curva y bajada aparece Puerto Pirámides, tranquilo, pequeño, casi frágil en ese paisaje que lo abarca todo.
Luego de un breve recorrido y algunas averiguaciones, elegimos la "ballenera" con la cual saldremos al mar a avistar la ballena franca austral. Todavía se encuentran en gran cantidad en la zona, con sus crías, pero en unos 45 días empezarán a emigrar hacia la zona de la Antártida.
A la hora pactada, frente al local se empiezan a congregar nuestros compañeros de viajes; el ritual de los salvavidas es obligatorio y unifica a un grupo totalmente misceláneo de argentinos, españoles, franceses y americanos. Ahora todos estamos "pintados" de naranja y protestamos por la humedad y la arena de los implementos.... evidentemente no somos lobos de mar.
Finalmente llega a la playa - literalmente, ya que los barcos son montados sobre trailers y traídos hasta la playa por inmensos tractores - el barco al cual abordaremos.
En las caras hay ansiedad por lo que iremos a encontrar, o no encontrar, y a los pasajeros que bajan se los interroga sobre lo que vieron y no vieron. Las versiones son encontradas y me doy cuenta que responden casi siempre a expectativas previas. Nos apuramos para subir y encontrar un buen lugar, el despliegue de cámaras fotográficas y filmadoras es espectacular, nadie quiere perderse "la" imagen para el recuerdo o para compartirla.
Empieza la navegación y las caras todavía están serias, pocos, muy pocos hablan entre sí, todos vueltos hacia el mar, sería impensable perderse algo..... como esos lomos negros que empiezan a aparecer en la distancia!, la lancha acelera y va al encuentro del más cercano, del más móvil, del que promete un mejor espectáculo. Y estos pilotos no se equivocan, son cientos de horas en el mar siguiendo los comportamientos de las ballenas.
Nos acercamos ahora lentamente a un grupo de apareamiento compuesto por una hembra y tres machos; el espectáculo es imponente y podemos ver como se cortejan sumergiéndose, resoplando, dando vueltas sobre sí, mostrando las imponentes colas. Impresionan el tamaño y su confianza hacia el hombre, nada interrumpe su ritual.
El motor se apaga y queda un silencio inmenso, solo se escuchan los clicks de las cámaras y las exclamaciones de sorpresa ante alguna pirueta impensable, no esperada, cerca, muy cerca nuestro. Hasta parece que ellas también se alegran con nuestra alegría, quien sabe.
En el barco, el grupo comparte el momento, charlan y comentan entre ellos, ya las caras no son serias, ni ansiosas, ahora son alegres, relajadas, más humanas. Las cámaras no paran de disparar.
Y así pasamos un largo rato, compartiendo el mar con ellas, hasta que lamentablemente el tiempo se acaba, el barco debe retornar, hay otro grupo ansioso en la orilla y el día se acaba.
Cuando llegamos y bajamos, sonreímos solos. El mar de la tarde está en calma y nosotros también.
|
|
|